Alfredo Casero, a corazón abierto: de su infancia sufrida, la relación con su madre y cómo se siente tras su operación

“El problema con estos boliches es cuando ponen la música punchi-punchi”. Apoyado en un bastón ortopédico, con el pelo ligeramente crecido desde sus últimas apariciones públicas y una barba despreocupada, que lleva allí más de un par de días, Alfredo Casero entra con parsimonia en el bar del centro en Capilla del Señor -frente a la plaza, la iglesia y el club- y de inmediato capta un cierto incordio en el ambiente, algo que no le gusta. Música punchi-punchi. “Hola, hola. ¿Me bajás un poquito el volumen?”, pide a la gente en la barra, que accede con mansedumbre. Después de todo es martes, y más allá de un padre joven que almuerza con su hijo en edad escolar y de un fulano que mira la TV como hipnotizado desde otra mesa mientras apura una gaseosa, es la hora de la siesta y reina una calma narcótica sobre estas calles soleadas, a 90 kilómetros del -seguramente agitado- centro porteño.
El 17 de marzo pasado, el actor, que vive en esta localidad hace casi siete años, fue intervenido de urgencia en la Clínica San Camilo para un reemplazo de cadera, después de pasar el verano esquivando dolores agudos desde el escenario del Metropolitan, donde el 9 de enero estrenó junto con su amigo y eterno coequiper Fabio Alberti la obra que se convirtió en el fenómeno pop de la cartelera porteña: Celebrando Cha Cha Cha.
De hecho, esta entrevista espera desde ese debut, cuando una súbita internación -que no trascendió- obligó a un primer cambio de agenda. “Estoy muy bien ahora”, se anticipa Casero, apenas se acomoda en la mesa. “Estoy contento de la vida; estoy en el teatro, haciendo el show. Poder armar un elenco como este… Armar un elenco es juntar energías diferentes, que funcionen como una biología. ¿Me traés un tostado de jamón, queso y tomate?”.
Para llegar a la casa de Alfredo Casero en Capilla (imposible no pensar en Todos juntos y en capilla, nombre del sketch que hizo famosísimo al personaje de Peperino Pómoro) es necesario cruzar el centro, tomar un camino provincial secundario y luego transitar unos cinco kilómetros por tierra, hasta la entrada. Ese era, originalmente, el entorno previsto para la charla con el artista, quien sigue su recuperación desde su hogar, con cuidadores y la compañía de su familia. Pero la noche anterior diluvia en la zona, el tramo de tierra se anega casi por completo y el auto del traslado fracasa en el intento, pese a que el intrépido conductor se da maña e insiste con que quizás se pueda, “si avanzamos en segunda y por la huella”. Es una buena metáfora de la charla que vendrá después, ya en el bar: para hablar con Alfredo Casero es bueno ir en segunda y por la huella, para no quedar encajado en el barro… Solo así se llega a algún destino.
-Hablabas de la felicidad de volver a Cha Cha Cha…
-Yo siempre he tenido a Cha Cha Cha en mí. Fabio también. Nos hubiera gustado que estuvieran todos, porque es una celebración. Pero [Diego] Capusotto estaba haciendo otras cosas, no sé… Pienso que para algunos este programa habrá sido más relevante que para otros. Yo creo que Alacrán está más contento de haber sido “Fernandito” con Marcelo [Tinelli] que de haber sido Alacrán. Por eso, acá celebra solo la gente que quiere. Y con eso estoy feliz. Después de haber estado mucho tiempo cancelado.
-¿Te consideraste cancelado?
-Y sí, que te escriban la puerta de un teatro o que te bajen obras de cartel no es joda. Eso es lo que se vio. ¿Y lo que no se vio? Yo me mudé porque me habían prendido fuego la puerta de mi casa; creo que fue en 2013. Había criticado a [Daniel] Filmus y a Juan Cabandié, y apareció un boludo en la puerta, que hizo un microatentado, digamos. Entonces me fui. Rajé y dejé todo. Pasan como dos meses y la señora que trabajaba en casa me dice: ‘Hola, Alfredo, acá hay muchos mensajes para vos’. Un día voy y había como 60 mensajes. Empiezo a escuchar y todo era: “Te vamos a cortar la cabeza, te odio, te vamos a destruir”. No eran amenazas de muerte, sino de cancelación. Eso pasó durante 13 años… Así que estoy 13 años atrasado para hacer cag… de risa al público [sonríe].
-Vayamos muy hacia atrás. Tus cinco años. ¿Cómo fueron? ¿Dónde estabas?
-Bueno, digo lo que me acuerdo. Me acuerdo de Raúl, un amigo de Casero [Rogelio Casero, su padre de crianza, que fue funcionario del gobierno de Arturo Illia. El actor recién descubrió que ese hombre no era su padre biológico a sus 49 años]. Me acuerdo de que mi vieja estaba con problemas. Hubo grandes problemas familiares en mi primera infancia. Me acuerdo de nosotros, yéndonos de Vicente López, donde vivíamos, a Avellaneda, al Barrio Güemes. Atrás estaba el Mercado de Lanares. Yo vivía en el Edificio 2. Mi abuela en el S2, que era del otro lado. Y desde la casa de ella se veía la cancha de Independiente.
-¿Y te hiciste de Independiente?
-No soy de ningún club y aborrezco al fútbol en todas sus formas. Excepto el femenino, porque me encanta ver cómo juegan las mujeres a la pelota.
-¿Y la primaria la hiciste ahí, en Avellaneda?
-No, a mi mamá le daba cosa que yo vaya a la escuela en Avellaneda. Después me di cuenta por qué. Hubo siempre muchos problemas familiares. Mi mamá fue una mujer a la que tuve que cuidar mucho, y que tuvo una vida muy… (duda). Muy rica. Mi mamá tuvo una vida rica porque era una persona artística. Mi vieja bailaba, pintaba, tiraba las cartas… Era una grosa. Todo era gracia, salero, divinura, belleza… Era muy linda. Después, bueno… Toda esta mierda que uno acarrea, que es la historia de uno y de todos los demás, puede destruir a una persona. Y yo estuve con ella, toda la vida.
“Nunca fui una persona mala. No soy peleador. Soy muy hiriente cuando quiero. Y soy hiriente en lo profundo, en lo psicológico. El resto de los chicos me tenían miedo. Me hacían mucho bullying cuando era pibe, justamente por eso: porque era un pibe raro.”
-¿Cuánto fue “toda la vida”?
-Hasta sus 63 años. Me duele hablar de eso porque siempre toco a terceras personas a las que no sé si tengo ganas de tocar.
-Después fuiste a un colegio religioso.
-De los Hermanos Maristas, el Nuestra Señora de Luján. El que está en Luján, el más pulenta. Ahí hice quinto, sexto… De los Maristas sí quiero hablar.
–¿Por qué?
-Bueno, porque como [la Virgen] María es la abogada de la congregación -”Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte…”, recita, en latín- hay una visión de la mujer muy particular. Nos transmitieron otra forma de comunicarse con la mujer; de darle espacio y valor a la palabra de una mujer. También me dieron algo que a mí me hacía falta: la contención de otros hombres. A mí me hacía falta estar con varones, darme trompadas… Fue bárbaro.
-¿Eras un pibe muy travieso?
-Nunca fui una persona mala. No soy peleador. Soy muy hiriente cuando quiero. Y soy hiriente en lo profundo, en lo psicológico. El resto de los chicos me tenían miedo. Me hacían mucho bullying cuando era pibe, justamente por eso: porque era un pibe raro.
-Pero amigos tenías, también…
-Mmmm, no sé… Tuve más de grande. Era muy preocupante el tema de los amigos en la infancia. Los niños son malos con cualquier niño diferente. Hoy los conozco bien. Cualquier niño que se me acerca se encuentra con una pared de hielo. Cuando traspasan esa pared, hay humanidad. Esto se los expliqué a todos mis nietos, especialmente a los varones. Si son nenas no puedo hacer nada, porque me tienen totalmente subyugado. Con mis hijas [tiene dos, Guillermina y Minerva] me pasó lo mismo.
-¿Cuántos nietos tenés?
-Cuatro. Todos de Guillermina. Pero decía lo de los Maristas porque eso amplificó mi parte femenina. Eso que hace que no seas un bruto y eructes delante de una mujer. Te hace falta eso cuando sos chico. Y más allá de las cosas de la urbanidad, el que me apoyó muchísimo fue mi padrino, Norberto [Rezinovsky], un gordo cancherazo. Fue el primer tipo que me dio un abrazo. Yo no tenía ni idea de eso, no tenía en mi vida a un hombre que me abrazara. Ser varón es muy difícil… No hay piedad con el que es diferente.
Tiempos violentos
La adolescencia también fue un trance espinoso para Casero, antes de encontrar el rumbo de la actuación. De hecho, como él mismo dice, no le es cómodo ir hacia atrás y encontrar los ecos de esa época, convulsionada tanto en el afuera como en su interior. Pero lo hace, aún de a retazos. “Uf… gobierno militar, cosas de mierda… Hay cuestiones que, el que no las vivió, no las entiende. Pasé por un montón de situaciones horribles en ese tiempo, también por mi madre, y también por Casero. Casero me mandó en cana porque pensaba que yo fumaba marihuana. ¿Y por qué? Porque mi abuela le dijo que me había visto salir con un pantalón roto”.
En esos años, trabajaba los fines de semana en un taller que pintaba los números de licencia de los taxis de la ciudad de Buenos Aires. Ahí tuvo un encuentro tan impensado como decisivo, que en medio de la confusión se iba a convertir en brújula para marcarle el norte. “El taller quedaba justo enfrente de la casa de los padres de Arturo Puig. Y Don Arturo Puig [dueño de la Casa Puig, pionera en utilería de teatro, cine y TV de la Argentina] fue el primero que me dijo que yo tenía que ser actor”.
-¿Por qué creés que te lo dijo?
-Le llamaba la atención lo que yo sabía de cine. Y cuando era chico, me decían que era parecido a Spencer Tracy. A Don Arturo yo le mostraba algunas cosas que empezaba a hacer. Él me prestó mi primera trompeta. Yo cantaba Schubert, en alemán. Siempre me gustaron esas cosas. No sé, tengo un cancionero español del 1600. ¿Ahora a quién se lo canto? ¿Quién quiere escuchar eso?
“El que me apoyó muchísimo fue mi padrino, Norberto [Rezinovsky], un gordo cancherazo. Fue el primer tipo que me dio un abrazo. Yo no tenía ni idea de eso, no tenía en mi vida a un hombre que me abrazara. Ser varón es muy difícil… No hay piedad con el que es diferente.”
-¿Cómo llegaste vos, desde tan chico, a esas músicas?
-Me tomé el 93, a Lanús (risas). No sé, yo me enamoro de esas cosas.
-Desde chico…
-Desde siempre. Pero, claro, hoy no se les pasa música a los chicos. No hay una orquesta en un canal de televisión. No hay nada artístico, no hay belleza, todo enferma. Por eso la gente vino a ver Cha Cha Cha [hasta el momento convocó a 52 mil espectadores].
-¿Esperabas, 30 años después de haber hecho el programa en TV, el suceso que tuvo en teatro?
-Tengo un grave problema: para mí el tiempo no existe.
-Cambiemos la pregunta: ¿te esperabas todo ese amor de la gente?
-Yo nunca dejé de sentir ese amor de la gente. Por eso me quedé acá, pese a todo. Yo no puedo vivir en otro país.
-¿Y esto te hizo pensar en la televisión? ¿Hoy la TV podría alojar un programa como Cha Cha Cha?
-La televisión está muerta. Antes, creo que es mejor hacerlo en el lavarropas.
-El humor sufrió y cambió bastante en el último tiempo, pero el humor que vos siempre hiciste, el absurdo, salió indemne.
-Es que en Cha Cha Cha nunca se usó a la mujer como un objeto. Nunca se rebajó a nadie ni hubo burlas. De hecho, una de las condiciones que [Jorge] Takashima me puso cuando entró fue no trabajar “de japonés”, y nunca hizo de eso.
Precisamente, en el ciclo Takashima fue Angiulino, uno de los Cubrepileta; un cirujano -claramente de una familia italiana- que pasaba a la gloria por haber hecho el primer transplante de algo indecible en estas páginas. “¡Pero qué hijos de p…!”, se ríe Casero cuando se le recuerda semejante hito del personaje. “Éramos terribles. Los desastres que hemos hecho”.
-Los Cubrepileta, Peperino, la cantante de bossa nova Herminia Squichingui De Souza, Juan Carlos Batman, Manuk, Brigada Burzaco… ¿De dónde sale ese material?
-Y, con los Cubrepileta y con cualquier otra cosa, más o menos siempre es así: vos tenés uno que toca la batería, uno que toca el bajo, otro el saxo, otro la percusión y otro el piano. Y vos tocás la trompeta. Y en el momento se va armando la música: el piano cae, entra el saxo. El saxo baja, entra el bajo.
-¿Entonces, era todo una jam, una improvisación?
-No sé si una jam. Era como decía Miles Davis: la gente siempre tiene que pensar que todo se está armando en el momento, pero uno lo tiene que tener súper claro. Cuando ahora nos faltaban 10 días para estrenar en teatro, no teníamos nada. En realidad sí, teníamos todo, pero había que “bajarlo”. Y así funciona.
Periodistas
Al elenco teatral de Celebrando Cha Cha Cha se sumó también Lito Ming, el actor nacido en Hong Kong que en el programa era el “Ricardo Bekenbagüer” del sketch Aprendiendo alemán. Ahora, en cada función encarna a un ventrílocuo (bigotito francés incluido) llamado Luis Novaresio, que se presenta -para delirio del público- junto con su muñeco, Corchete.
-Le pegás un poco a los periodistas, también en el teatro…
-Les doy a todos un poco, para que vean. A [Ernesto] Tenembaum le damos un poco también, y nos reímos.
-Sos muy crítico del periodismo.
-Yo no estoy contra el periodismo, sino contra la gente que se dice periodista y no sabe ni las tablas. Ser periodista es una cosa muy importante para que la agarre cualquier pelotudo. Y hay algo peor: que los que son periodistas acepten a un pelotudo como periodista y le permitan que ejerza… [En la televisión] están todos esos que gritan… A mí no me dieron nunca un dato que sirviera en la vida, y un periodista es alguien que te da cultura también. ¿Por qué yo tengo que respetar a esos que me insultan la inteligencia? A mí me insultan la inteligencia porque no puedo hablar de corrido. Porque desde muy chico tengo una especie de, una forma de… No sé, es algo entre el pensamiento y la acción; una se me adelanta a la otra muchas veces. Ojo, es algo contra lo que luché toda mi vida, y me fue bastante bien.
-¿Una condición médica?
-Unos tienen Asperger, otros tienen X. Pero cuando digo algo y parece que lo digo entre líneas, la gente lo entiende. Cuando fui a la tele no tuve que decir: ‘Miren cómo estos políticos chorearon’. No tuve que decir: ‘Tal es un ensobrado’… Hay veces en las que yo no hablo muy claro, pero la gente me entiende igual. Mi problema es ese. Cuando era chico pensaba que con ocho, 12 palabras, decía todo lo que pensaba. Por eso es que a veces me cuesta… [silencio]. Por eso también es que cada frase vale un montón. Yo no hablo con un metamensaje, sino que hay un mensaje dirigido a alguna gente que entiende. Si no me quieren en la tele, bueno… Mientras tanto, yo estoy en mi casa y soy mecánico.
-¿Desde cuándo sos mecánico?
-Desde que estudié y abracé la mecánica. Toda la vida… Tengo oficio. Tengo autos para armar, yo restauro. Es una de las cosas que amo.
-¿Cómo estás con la Argentina ahora?
-La amo, como siempre. Pero la Argentina es una madre idiota, que no para de darle de mamar a gente que no la valora. La Argentina es el gran amor de mi vida. Es una verdadera lástima que haya sido inundada por mentirosos. Es un momento terrible del mundo, con una guerra tremenda, acá estamos dormidos y hablando boludeces, viendo cómo va a jugar [Martín] Lousteau en las elecciones… Entonces, ¿qué podés hacer? Callate y peleá. O callate y agarrá el sobre.
-¿Vos, cómo peleaste?
-Ya lo vieron. Y si tengo que perder la carrera, no me importa. Lo vuelvo a hacer. Una vez me encontré un cuadrito en el Ejército de Salvación. Tiene una frase: “Velar se debe la vida, de tal suerte que viva quede en la muerte” [palabras de Santa Teresa de Jesús que el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín hizo suyas]. De lo contrario, ¿para qué vivís?
-¿Rescatás a alguien?
-Sí. Hay gente que me parece bien. Milei me parece bien. Y esto no quiere decir: “Hola, hablo bien de Milei” [usa el tono de un personaje]. Solo que me parece que está viendo algo que los demás no ven, que es la macroeconomía. Y tiene un norte, que es terminar con un grave problema. Pero hay algo descorazonador: hay gente que apuesta a que vaya todo mal, para sentirse cómoda. Es la mentalidad Dady Brieva, y esa mentalidad te va a dar basura, gente pobre, gente a la que le falta, gente que le va a exigir al estado… Yo he sido muy pobre; cuando viví solo, cuando tuve a mis hijos, todas las cosas que me pasaron. Empezaron las desavenencias, los dolores físicos por los dolores del alma.
-¿Cómo saliste de eso?
-Empecé a estudiar con Norman Briski, empecé en el Parakultural, lo conocí a Fabio, empezamos a trabajar. Me vinieron a buscar para hacer De la cabeza y yo llevé gente del Parakultural, que también después me mostró que, si sacás la cabeza de la parakultura, te odian y te la cortan. Y por otro lado, como hacíamos algo nuevo, ocurría que todos querían ser “el padre de la criatura” y me decían qué teníamos que hacer. Venía uno y me traía al hermano, que era parecido a Olmedo. Venía otro y me traía a alguien que hacía las mismas cosas que Guinzburg, o que hacían los de Rompeportones, que era un programa en el que miraban a mujeres desnudas y ponían cara de babosos… La TV me pedía que hiciera eso. Y yo nunca lo hice. Cha Cha Cha tiene mucho más que ver con esos teatreros polacos que, en medio de la guerra, hacían el show, porque la gente no puede dejar de reír. Con mi socio, Gustavo Rógora, cuando nos va bárbaro, nos vamos a comer a Pippo. Y cuando nos va mal, muy mal, nos vamos a comer a Pippo. Durante todos estos años, me comí todo [se ríe].
“Yo he sido muy pobre; cuando viví solo, cuando tuve a mis hijos, todas las cosas que me pasaron… Empezaron las desavenencias, los dolores físicos por los dolores del alma.”
-¿Cómo está tu salud?
-Mi salud está bárbara. Me operé la cadera. Me operaron unos médicos buenísimos, ¡y uno se llama Del Sel! [risas]. Me dieron mucho amor ahí. Los molesté a todos unos días, molesté a las monjas que están en la clínica, les daba charla… Es un lugar muy bueno [habla ahora como Susana Bronstein, el personaje de la madre judía]. Es como la Asociación Israelita, pero goy.
-Ya que traés a Susana Bronstein, ¿estuviste “97 por ciento muerto”, parafraseando al personaje? Se habló de complicaciones…
-No, no. Me mataron estos salames, los de la tele. Nunca tuve nada. Me fui a mi casa, subí, me bañé, me tiré a dormir una hora… No pasó nada.
-¿Con quién te sentís en familia hoy?
-¿”En familia” como “ennoviado”?
-Bueno, ya que estamos… ¿Estás con alguien?
-Estoy con mis perros. Es mucho más importante hoy en día decir que uno está bien solo a decir que está enamorado. Yo disfruto tanto de la soledad, y añoro tanto el amor, que nomás amo de lejos. Pero amo bien. Ya basta de destruir, de manejar…
-¿Qué hiciste mal en tu vida?
-El tenis. No volvería a jugar Wimbledon [sonríe]. ¿Qué hice mal…? Nada. Me salieron mal algunas cosas, eso sí. Pero no me quedo ahí. Voy para adelante como loco. Soy hiperactivo, hiperreactivo…
-Y sos cabrón…
-¡No! Yo no soy cabrón. Tengo una alta susceptibilidad al pelotudo.
-Alfredo Casero hizo y hace reír a varias generaciones. A Alfredo, ¿qué y quién lo hace reír?
-Uh… Me hace reír la inteligencia del humor aplicada, porque está muy lejos de mí. Lo mío no tiene que ver con la inteligencia sino con el hemisferio derecho desbordado. Alberti me hace reír. Me hacen reír mis hijos. Nosotros somos un clan que se ríe. En mi casa se junta una troupe, los hijos, las novias, los nietos. Es un placer. Yo me voy por ahí, me agarro la radio, me la pongo acá [señala debajo del brazo] y ando caminando, qué se yo… Veo que viene uno, viene el otro, están todos los críos jugando…
-¿Qué fue lo más lindo que te dijo el público en la calle?
-Me dicen tantas cosas. “Vos me acompañaste en un momento terrible porque cuando mi viejo estaba enfermo veíamos Cha Cha Cha”. Es muy loco. Al final, Cha Cha Cha entró en el acervo cultural, y eso ya no lo puede quitar nadie. Que se jodan, por meterse conmigo.
Casero termina la frase y se ríe a carcajadas, con picardía y un cierto, innegable, goce perverso. Después se levanta de la silla, toma el bastón en el que se apoya (“me hago el boludo con el dolor de la operación, pero a esta hora me agarra con todo”) e insiste con que es una pena no haber podido llegar hasta su casa. Quizás ahora, el camino esté mejor, piensa. “¿Por qué no vamos? ¿No quieren venir? Vengan, así les muestro los motores…”.
Para agendar
Celebrando Cha Cha Cha. Alfredo Casero y Fabio Alberti, con Romina Sznaider, Lito Ming, Diego Rivas, Flavio González, Leo Raff, Alejandra Galitis, Javier Baccheta y Akari Yonq. Funciones: desde el viernes 18 de abril, viernes a las 20.30 y sábados a las 23. Sala: Metropolitan (Av. Corrientes 1343).
“El problema con estos boliches es cuando ponen la música punchi-punchi”. Apoyado en un bastón ortopédico, con el pelo ligeramente crecido desde sus últimas apariciones públicas y una barba despreocupada, que lleva allí más de un par de días, Alfredo Casero entra con parsimonia en el bar del centro en Capilla del Señor -frente a la plaza, la iglesia y el club- y de inmediato capta un cierto incordio en el ambiente, algo que no le gusta. Música punchi-punchi. “Hola, hola. ¿Me bajás un poquito el volumen?”, pide a la gente en la barra, que accede con mansedumbre. Después de todo es martes, y más allá de un padre joven que almuerza con su hijo en edad escolar y de un fulano que mira la TV como hipnotizado desde otra mesa mientras apura una gaseosa, es la hora de la siesta y reina una calma narcótica sobre estas calles soleadas, a 90 kilómetros del -seguramente agitado- centro porteño.
El 17 de marzo pasado, el actor, que vive en esta localidad hace casi siete años, fue intervenido de urgencia en la Clínica San Camilo para un reemplazo de cadera, después de pasar el verano esquivando dolores agudos desde el escenario del Metropolitan, donde el 9 de enero estrenó junto con su amigo y eterno coequiper Fabio Alberti la obra que se convirtió en el fenómeno pop de la cartelera porteña: Celebrando Cha Cha Cha.
De hecho, esta entrevista espera desde ese debut, cuando una súbita internación -que no trascendió- obligó a un primer cambio de agenda. “Estoy muy bien ahora”, se anticipa Casero, apenas se acomoda en la mesa. “Estoy contento de la vida; estoy en el teatro, haciendo el show. Poder armar un elenco como este… Armar un elenco es juntar energías diferentes, que funcionen como una biología. ¿Me traés un tostado de jamón, queso y tomate?”.
Para llegar a la casa de Alfredo Casero en Capilla (imposible no pensar en Todos juntos y en capilla, nombre del sketch que hizo famosísimo al personaje de Peperino Pómoro) es necesario cruzar el centro, tomar un camino provincial secundario y luego transitar unos cinco kilómetros por tierra, hasta la entrada. Ese era, originalmente, el entorno previsto para la charla con el artista, quien sigue su recuperación desde su hogar, con cuidadores y la compañía de su familia. Pero la noche anterior diluvia en la zona, el tramo de tierra se anega casi por completo y el auto del traslado fracasa en el intento, pese a que el intrépido conductor se da maña e insiste con que quizás se pueda, “si avanzamos en segunda y por la huella”. Es una buena metáfora de la charla que vendrá después, ya en el bar: para hablar con Alfredo Casero es bueno ir en segunda y por la huella, para no quedar encajado en el barro… Solo así se llega a algún destino.
-Hablabas de la felicidad de volver a Cha Cha Cha…
-Yo siempre he tenido a Cha Cha Cha en mí. Fabio también. Nos hubiera gustado que estuvieran todos, porque es una celebración. Pero [Diego] Capusotto estaba haciendo otras cosas, no sé… Pienso que para algunos este programa habrá sido más relevante que para otros. Yo creo que Alacrán está más contento de haber sido “Fernandito” con Marcelo [Tinelli] que de haber sido Alacrán. Por eso, acá celebra solo la gente que quiere. Y con eso estoy feliz. Después de haber estado mucho tiempo cancelado.
-¿Te consideraste cancelado?
-Y sí, que te escriban la puerta de un teatro o que te bajen obras de cartel no es joda. Eso es lo que se vio. ¿Y lo que no se vio? Yo me mudé porque me habían prendido fuego la puerta de mi casa; creo que fue en 2013. Había criticado a [Daniel] Filmus y a Juan Cabandié, y apareció un boludo en la puerta, que hizo un microatentado, digamos. Entonces me fui. Rajé y dejé todo. Pasan como dos meses y la señora que trabajaba en casa me dice: ‘Hola, Alfredo, acá hay muchos mensajes para vos’. Un día voy y había como 60 mensajes. Empiezo a escuchar y todo era: “Te vamos a cortar la cabeza, te odio, te vamos a destruir”. No eran amenazas de muerte, sino de cancelación. Eso pasó durante 13 años… Así que estoy 13 años atrasado para hacer cag… de risa al público [sonríe].
-Vayamos muy hacia atrás. Tus cinco años. ¿Cómo fueron? ¿Dónde estabas?
-Bueno, digo lo que me acuerdo. Me acuerdo de Raúl, un amigo de Casero [Rogelio Casero, su padre de crianza, que fue funcionario del gobierno de Arturo Illia. El actor recién descubrió que ese hombre no era su padre biológico a sus 49 años]. Me acuerdo de que mi vieja estaba con problemas. Hubo grandes problemas familiares en mi primera infancia. Me acuerdo de nosotros, yéndonos de Vicente López, donde vivíamos, a Avellaneda, al Barrio Güemes. Atrás estaba el Mercado de Lanares. Yo vivía en el Edificio 2. Mi abuela en el S2, que era del otro lado. Y desde la casa de ella se veía la cancha de Independiente.
-¿Y te hiciste de Independiente?
-No soy de ningún club y aborrezco al fútbol en todas sus formas. Excepto el femenino, porque me encanta ver cómo juegan las mujeres a la pelota.
-¿Y la primaria la hiciste ahí, en Avellaneda?
-No, a mi mamá le daba cosa que yo vaya a la escuela en Avellaneda. Después me di cuenta por qué. Hubo siempre muchos problemas familiares. Mi mamá fue una mujer a la que tuve que cuidar mucho, y que tuvo una vida muy… (duda). Muy rica. Mi mamá tuvo una vida rica porque era una persona artística. Mi vieja bailaba, pintaba, tiraba las cartas… Era una grosa. Todo era gracia, salero, divinura, belleza… Era muy linda. Después, bueno… Toda esta mierda que uno acarrea, que es la historia de uno y de todos los demás, puede destruir a una persona. Y yo estuve con ella, toda la vida.
“Nunca fui una persona mala. No soy peleador. Soy muy hiriente cuando quiero. Y soy hiriente en lo profundo, en lo psicológico. El resto de los chicos me tenían miedo. Me hacían mucho bullying cuando era pibe, justamente por eso: porque era un pibe raro.”
-¿Cuánto fue “toda la vida”?
-Hasta sus 63 años. Me duele hablar de eso porque siempre toco a terceras personas a las que no sé si tengo ganas de tocar.
-Después fuiste a un colegio religioso.
-De los Hermanos Maristas, el Nuestra Señora de Luján. El que está en Luján, el más pulenta. Ahí hice quinto, sexto… De los Maristas sí quiero hablar.
–¿Por qué?
-Bueno, porque como [la Virgen] María es la abogada de la congregación -”Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte…”, recita, en latín- hay una visión de la mujer muy particular. Nos transmitieron otra forma de comunicarse con la mujer; de darle espacio y valor a la palabra de una mujer. También me dieron algo que a mí me hacía falta: la contención de otros hombres. A mí me hacía falta estar con varones, darme trompadas… Fue bárbaro.
-¿Eras un pibe muy travieso?
-Nunca fui una persona mala. No soy peleador. Soy muy hiriente cuando quiero. Y soy hiriente en lo profundo, en lo psicológico. El resto de los chicos me tenían miedo. Me hacían mucho bullying cuando era pibe, justamente por eso: porque era un pibe raro.
-Pero amigos tenías, también…
-Mmmm, no sé… Tuve más de grande. Era muy preocupante el tema de los amigos en la infancia. Los niños son malos con cualquier niño diferente. Hoy los conozco bien. Cualquier niño que se me acerca se encuentra con una pared de hielo. Cuando traspasan esa pared, hay humanidad. Esto se los expliqué a todos mis nietos, especialmente a los varones. Si son nenas no puedo hacer nada, porque me tienen totalmente subyugado. Con mis hijas [tiene dos, Guillermina y Minerva] me pasó lo mismo.
-¿Cuántos nietos tenés?
-Cuatro. Todos de Guillermina. Pero decía lo de los Maristas porque eso amplificó mi parte femenina. Eso que hace que no seas un bruto y eructes delante de una mujer. Te hace falta eso cuando sos chico. Y más allá de las cosas de la urbanidad, el que me apoyó muchísimo fue mi padrino, Norberto [Rezinovsky], un gordo cancherazo. Fue el primer tipo que me dio un abrazo. Yo no tenía ni idea de eso, no tenía en mi vida a un hombre que me abrazara. Ser varón es muy difícil… No hay piedad con el que es diferente.
Tiempos violentos
La adolescencia también fue un trance espinoso para Casero, antes de encontrar el rumbo de la actuación. De hecho, como él mismo dice, no le es cómodo ir hacia atrás y encontrar los ecos de esa época, convulsionada tanto en el afuera como en su interior. Pero lo hace, aún de a retazos. “Uf… gobierno militar, cosas de mierda… Hay cuestiones que, el que no las vivió, no las entiende. Pasé por un montón de situaciones horribles en ese tiempo, también por mi madre, y también por Casero. Casero me mandó en cana porque pensaba que yo fumaba marihuana. ¿Y por qué? Porque mi abuela le dijo que me había visto salir con un pantalón roto”.
En esos años, trabajaba los fines de semana en un taller que pintaba los números de licencia de los taxis de la ciudad de Buenos Aires. Ahí tuvo un encuentro tan impensado como decisivo, que en medio de la confusión se iba a convertir en brújula para marcarle el norte. “El taller quedaba justo enfrente de la casa de los padres de Arturo Puig. Y Don Arturo Puig [dueño de la Casa Puig, pionera en utilería de teatro, cine y TV de la Argentina] fue el primero que me dijo que yo tenía que ser actor”.
-¿Por qué creés que te lo dijo?
-Le llamaba la atención lo que yo sabía de cine. Y cuando era chico, me decían que era parecido a Spencer Tracy. A Don Arturo yo le mostraba algunas cosas que empezaba a hacer. Él me prestó mi primera trompeta. Yo cantaba Schubert, en alemán. Siempre me gustaron esas cosas. No sé, tengo un cancionero español del 1600. ¿Ahora a quién se lo canto? ¿Quién quiere escuchar eso?
“El que me apoyó muchísimo fue mi padrino, Norberto [Rezinovsky], un gordo cancherazo. Fue el primer tipo que me dio un abrazo. Yo no tenía ni idea de eso, no tenía en mi vida a un hombre que me abrazara. Ser varón es muy difícil… No hay piedad con el que es diferente.”
-¿Cómo llegaste vos, desde tan chico, a esas músicas?
-Me tomé el 93, a Lanús (risas). No sé, yo me enamoro de esas cosas.
-Desde chico…
-Desde siempre. Pero, claro, hoy no se les pasa música a los chicos. No hay una orquesta en un canal de televisión. No hay nada artístico, no hay belleza, todo enferma. Por eso la gente vino a ver Cha Cha Cha [hasta el momento convocó a 52 mil espectadores].
-¿Esperabas, 30 años después de haber hecho el programa en TV, el suceso que tuvo en teatro?
-Tengo un grave problema: para mí el tiempo no existe.
-Cambiemos la pregunta: ¿te esperabas todo ese amor de la gente?
-Yo nunca dejé de sentir ese amor de la gente. Por eso me quedé acá, pese a todo. Yo no puedo vivir en otro país.
-¿Y esto te hizo pensar en la televisión? ¿Hoy la TV podría alojar un programa como Cha Cha Cha?
-La televisión está muerta. Antes, creo que es mejor hacerlo en el lavarropas.
-El humor sufrió y cambió bastante en el último tiempo, pero el humor que vos siempre hiciste, el absurdo, salió indemne.
-Es que en Cha Cha Cha nunca se usó a la mujer como un objeto. Nunca se rebajó a nadie ni hubo burlas. De hecho, una de las condiciones que [Jorge] Takashima me puso cuando entró fue no trabajar “de japonés”, y nunca hizo de eso.
Precisamente, en el ciclo Takashima fue Angiulino, uno de los Cubrepileta; un cirujano -claramente de una familia italiana- que pasaba a la gloria por haber hecho el primer transplante de algo indecible en estas páginas. “¡Pero qué hijos de p…!”, se ríe Casero cuando se le recuerda semejante hito del personaje. “Éramos terribles. Los desastres que hemos hecho”.
-Los Cubrepileta, Peperino, la cantante de bossa nova Herminia Squichingui De Souza, Juan Carlos Batman, Manuk, Brigada Burzaco… ¿De dónde sale ese material?
-Y, con los Cubrepileta y con cualquier otra cosa, más o menos siempre es así: vos tenés uno que toca la batería, uno que toca el bajo, otro el saxo, otro la percusión y otro el piano. Y vos tocás la trompeta. Y en el momento se va armando la música: el piano cae, entra el saxo. El saxo baja, entra el bajo.
-¿Entonces, era todo una jam, una improvisación?
-No sé si una jam. Era como decía Miles Davis: la gente siempre tiene que pensar que todo se está armando en el momento, pero uno lo tiene que tener súper claro. Cuando ahora nos faltaban 10 días para estrenar en teatro, no teníamos nada. En realidad sí, teníamos todo, pero había que “bajarlo”. Y así funciona.
Periodistas
Al elenco teatral de Celebrando Cha Cha Cha se sumó también Lito Ming, el actor nacido en Hong Kong que en el programa era el “Ricardo Bekenbagüer” del sketch Aprendiendo alemán. Ahora, en cada función encarna a un ventrílocuo (bigotito francés incluido) llamado Luis Novaresio, que se presenta -para delirio del público- junto con su muñeco, Corchete.
-Le pegás un poco a los periodistas, también en el teatro…
-Les doy a todos un poco, para que vean. A [Ernesto] Tenembaum le damos un poco también, y nos reímos.
-Sos muy crítico del periodismo.
-Yo no estoy contra el periodismo, sino contra la gente que se dice periodista y no sabe ni las tablas. Ser periodista es una cosa muy importante para que la agarre cualquier pelotudo. Y hay algo peor: que los que son periodistas acepten a un pelotudo como periodista y le permitan que ejerza… [En la televisión] están todos esos que gritan… A mí no me dieron nunca un dato que sirviera en la vida, y un periodista es alguien que te da cultura también. ¿Por qué yo tengo que respetar a esos que me insultan la inteligencia? A mí me insultan la inteligencia porque no puedo hablar de corrido. Porque desde muy chico tengo una especie de, una forma de… No sé, es algo entre el pensamiento y la acción; una se me adelanta a la otra muchas veces. Ojo, es algo contra lo que luché toda mi vida, y me fue bastante bien.
-¿Una condición médica?
-Unos tienen Asperger, otros tienen X. Pero cuando digo algo y parece que lo digo entre líneas, la gente lo entiende. Cuando fui a la tele no tuve que decir: ‘Miren cómo estos políticos chorearon’. No tuve que decir: ‘Tal es un ensobrado’… Hay veces en las que yo no hablo muy claro, pero la gente me entiende igual. Mi problema es ese. Cuando era chico pensaba que con ocho, 12 palabras, decía todo lo que pensaba. Por eso es que a veces me cuesta… [silencio]. Por eso también es que cada frase vale un montón. Yo no hablo con un metamensaje, sino que hay un mensaje dirigido a alguna gente que entiende. Si no me quieren en la tele, bueno… Mientras tanto, yo estoy en mi casa y soy mecánico.
-¿Desde cuándo sos mecánico?
-Desde que estudié y abracé la mecánica. Toda la vida… Tengo oficio. Tengo autos para armar, yo restauro. Es una de las cosas que amo.
-¿Cómo estás con la Argentina ahora?
-La amo, como siempre. Pero la Argentina es una madre idiota, que no para de darle de mamar a gente que no la valora. La Argentina es el gran amor de mi vida. Es una verdadera lástima que haya sido inundada por mentirosos. Es un momento terrible del mundo, con una guerra tremenda, acá estamos dormidos y hablando boludeces, viendo cómo va a jugar [Martín] Lousteau en las elecciones… Entonces, ¿qué podés hacer? Callate y peleá. O callate y agarrá el sobre.
-¿Vos, cómo peleaste?
-Ya lo vieron. Y si tengo que perder la carrera, no me importa. Lo vuelvo a hacer. Una vez me encontré un cuadrito en el Ejército de Salvación. Tiene una frase: “Velar se debe la vida, de tal suerte que viva quede en la muerte” [palabras de Santa Teresa de Jesús que el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín hizo suyas]. De lo contrario, ¿para qué vivís?
-¿Rescatás a alguien?
-Sí. Hay gente que me parece bien. Milei me parece bien. Y esto no quiere decir: “Hola, hablo bien de Milei” [usa el tono de un personaje]. Solo que me parece que está viendo algo que los demás no ven, que es la macroeconomía. Y tiene un norte, que es terminar con un grave problema. Pero hay algo descorazonador: hay gente que apuesta a que vaya todo mal, para sentirse cómoda. Es la mentalidad Dady Brieva, y esa mentalidad te va a dar basura, gente pobre, gente a la que le falta, gente que le va a exigir al estado… Yo he sido muy pobre; cuando viví solo, cuando tuve a mis hijos, todas las cosas que me pasaron. Empezaron las desavenencias, los dolores físicos por los dolores del alma.
-¿Cómo saliste de eso?
-Empecé a estudiar con Norman Briski, empecé en el Parakultural, lo conocí a Fabio, empezamos a trabajar. Me vinieron a buscar para hacer De la cabeza y yo llevé gente del Parakultural, que también después me mostró que, si sacás la cabeza de la parakultura, te odian y te la cortan. Y por otro lado, como hacíamos algo nuevo, ocurría que todos querían ser “el padre de la criatura” y me decían qué teníamos que hacer. Venía uno y me traía al hermano, que era parecido a Olmedo. Venía otro y me traía a alguien que hacía las mismas cosas que Guinzburg, o que hacían los de Rompeportones, que era un programa en el que miraban a mujeres desnudas y ponían cara de babosos… La TV me pedía que hiciera eso. Y yo nunca lo hice. Cha Cha Cha tiene mucho más que ver con esos teatreros polacos que, en medio de la guerra, hacían el show, porque la gente no puede dejar de reír. Con mi socio, Gustavo Rógora, cuando nos va bárbaro, nos vamos a comer a Pippo. Y cuando nos va mal, muy mal, nos vamos a comer a Pippo. Durante todos estos años, me comí todo [se ríe].
“Yo he sido muy pobre; cuando viví solo, cuando tuve a mis hijos, todas las cosas que me pasaron… Empezaron las desavenencias, los dolores físicos por los dolores del alma.”
-¿Cómo está tu salud?
-Mi salud está bárbara. Me operé la cadera. Me operaron unos médicos buenísimos, ¡y uno se llama Del Sel! [risas]. Me dieron mucho amor ahí. Los molesté a todos unos días, molesté a las monjas que están en la clínica, les daba charla… Es un lugar muy bueno [habla ahora como Susana Bronstein, el personaje de la madre judía]. Es como la Asociación Israelita, pero goy.
-Ya que traés a Susana Bronstein, ¿estuviste “97 por ciento muerto”, parafraseando al personaje? Se habló de complicaciones…
-No, no. Me mataron estos salames, los de la tele. Nunca tuve nada. Me fui a mi casa, subí, me bañé, me tiré a dormir una hora… No pasó nada.
-¿Con quién te sentís en familia hoy?
-¿”En familia” como “ennoviado”?
-Bueno, ya que estamos… ¿Estás con alguien?
-Estoy con mis perros. Es mucho más importante hoy en día decir que uno está bien solo a decir que está enamorado. Yo disfruto tanto de la soledad, y añoro tanto el amor, que nomás amo de lejos. Pero amo bien. Ya basta de destruir, de manejar…
-¿Qué hiciste mal en tu vida?
-El tenis. No volvería a jugar Wimbledon [sonríe]. ¿Qué hice mal…? Nada. Me salieron mal algunas cosas, eso sí. Pero no me quedo ahí. Voy para adelante como loco. Soy hiperactivo, hiperreactivo…
-Y sos cabrón…
-¡No! Yo no soy cabrón. Tengo una alta susceptibilidad al pelotudo.
-Alfredo Casero hizo y hace reír a varias generaciones. A Alfredo, ¿qué y quién lo hace reír?
-Uh… Me hace reír la inteligencia del humor aplicada, porque está muy lejos de mí. Lo mío no tiene que ver con la inteligencia sino con el hemisferio derecho desbordado. Alberti me hace reír. Me hacen reír mis hijos. Nosotros somos un clan que se ríe. En mi casa se junta una troupe, los hijos, las novias, los nietos. Es un placer. Yo me voy por ahí, me agarro la radio, me la pongo acá [señala debajo del brazo] y ando caminando, qué se yo… Veo que viene uno, viene el otro, están todos los críos jugando…
-¿Qué fue lo más lindo que te dijo el público en la calle?
-Me dicen tantas cosas. “Vos me acompañaste en un momento terrible porque cuando mi viejo estaba enfermo veíamos Cha Cha Cha”. Es muy loco. Al final, Cha Cha Cha entró en el acervo cultural, y eso ya no lo puede quitar nadie. Que se jodan, por meterse conmigo.
Casero termina la frase y se ríe a carcajadas, con picardía y un cierto, innegable, goce perverso. Después se levanta de la silla, toma el bastón en el que se apoya (“me hago el boludo con el dolor de la operación, pero a esta hora me agarra con todo”) e insiste con que es una pena no haber podido llegar hasta su casa. Quizás ahora, el camino esté mejor, piensa. “¿Por qué no vamos? ¿No quieren venir? Vengan, así les muestro los motores…”.
Para agendar
Celebrando Cha Cha Cha. Alfredo Casero y Fabio Alberti, con Romina Sznaider, Lito Ming, Diego Rivas, Flavio González, Leo Raff, Alejandra Galitis, Javier Baccheta y Akari Yonq. Funciones: desde el viernes 18 de abril, viernes a las 20.30 y sábados a las 23. Sala: Metropolitan (Av. Corrientes 1343).
Desde Capilla del Señor y en una entrevista exclusiva, la primera después de la intervención que lo obligó a suspender las funciones de Celebrando Cha Cha Cha en calle Corrientes, el actor conversó extensamente con LA NACIÓN acerca de su vida, sus primeros años, sus enojos, la salud y el humor absurdo que se volvió su sello LA NACION