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La política de los egos desbordados

Nunca maduramos del todo y una parte nuestra sigue siendo aquel chico que tiraba de las faldas de mamá para conseguir otro caramelo. Algunos lo disimulan mejor, pero también hay quienes no se molestan en ocultarlo. Ahora, casi arrimando a los 80, Donald Trump reclama un dulce más delicado: Groenlandia. De un caramelo a una isla de más de 2000 millones de kilómetros cuadrados hay una distancia, pero el capricho goloso que nunca se sacia es el mismo. Una madre cuenta con ciertas armas para lidiar con la manipulación de un chico. ¿Qué pasa cuando ese chico llegó a presidente de los Estados Unidos y está dispuesto a extorsionarte con todos los recursos a mano? Si le das Groenlandia, ¿después qué?

A Jair Bolsonaro se le terminó el dulce y no lo toleró. Quiso recuperarlo a la fuerza y ahora se lo juzgará por el asedio de sus fanáticos al Congreso y el Palacio de Planalto perpetrado en enero de 2023, tras ser derrotado en las elecciones. Dos años antes, era Trump el que incitaba a su turba a tomar por asalto el Capitolio, incapaz también de aceptar que había perdido en las urnas y debía dejar el poder. En 2015, Cristina Kirchner se negó a entregar los atributos presidenciales a Mauricio Macri, en una actitud menos violenta, pero igual de elocuente. Estamos ante egos desbordados, fuera de cauce, en conflicto permanente con las reglas de convivencia; en este caso, las de la democracia.

Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de expansión en las redes sociales, donde hay que gritar para ser escuchado

Una analista del diario O Globo le adjudica a Bolsonaro un “megalómano delirio autoritario”. En distinta medida, con matices, es lo que caracteriza a este tipo de líderes personalistas que vienen a salvarnos del mal y que carecen de frenos inhibitorios, como chicos que no saben dónde está el límite de su yo. Hay que ver lo mal que estaban nuestras democracias, debilitadas por la corrupción y un cúmulo de asignaturas pendientes, como para que estos outsiders de rasgos grotescos ganaran las elecciones y hasta fueran reelegidos, como Trump. Hoy ocupan un lugar protagónico en la escena política global, tras un proceso en el que sus exabruptos y avances contra el sistema se han naturalizado. Ya no son una anomalía.

Todos nos hemos vuelto un poco infantiles. Hoy todo se acepta, como si fuera un juego. Y en consecuencia todo vale, si resulta efectivo para obtener lo que quiero. Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de recepción y expansión en las redes sociales, donde hay que gritar o insultar para ser escuchado y donde no hay espacio para la reflexión o el matiz. La lógica de las redes, librada a su dinámica o estratégicamente manipulada, ha desbordado las pantallas y marca el patrón de conducta en el mundo real. Después de que los mismos políticos le entregaran la política a consultores de marketing que contribuyeron lo suyo a vaciarla de sustancia, ahora ha quedado en manos de influencers vestidos de diputados o senadores que hacen en el recinto lo que saben hacer: sacar rédito del escándalo. El Congreso como prolongación de las redes. Lo vimos aquí estas semanas, mientras en el norte los estrategas del Pentágono salpicaban con emojis el chat donde discutían los planes para atacar a los hutíes en Yemen. Todo es un videojuego.

Están también los políticos cínicos que tras una pátina de racionalidad esconden las intenciones más rapaces, cómo no. Tal vez por haber caído bajo sus falsos encantos tantas veces, y ante la tierra yerma que dejaron cuando fueron poder, el votante recurre ahora a estos líderes extremos que prometen patear el tablero y destruir lo que había. Estos outsiders son como Shiva. Encarnan la sed de venganza y reparación de millones de personas que se sienten traicionadas, humilladas, relegadas por democracias que, habiendo olvidado la promesa de igualdad nacida en la Revolución Francesa junto con las de libertad y solidaridad, han visto crecer la brecha entre un porcentaje pequeño de megamillonarios y multitudes que no tienen asegurado el alimento diario.

En el panteón del hinduismo, Shiva representa, sobre todo, al dios de la destrucción. Pero se trata de una destrucción transformadora. Destruye para recrear. No parece que las cualidades destructivas de estos líderes estén también tocadas por esta virtud. No hay duda de que los cambios socioculturales y políticos que trajo la revolución tecnológica nos han disparado hacia algo nuevo y que buena parte de lo viejo quedará atrás. Pero es peligroso menospreciar los valores que durante décadas han permitido, aún en el medio de todas las tensiones imaginables, la convivencia y el diálogo en la diferencia. Las dudas aparecen cuando estos líderes, como nuestro presidente, se declaran abiertamente enemigos del Estado y desprecian las instituciones capaces de generar los consensos que habilitan un futuro en común. Esperemos que no profundicen la brecha que les abrió la puerta al poder. Ya han vaciado, con su beligerante ideología extrema, el centro de la escena política, y sería muy grave que su individualismo radical vacíe también la clase media para dar paso a sociedades cada vez más escindidas.

Nunca maduramos del todo y una parte nuestra sigue siendo aquel chico que tiraba de las faldas de mamá para conseguir otro caramelo. Algunos lo disimulan mejor, pero también hay quienes no se molestan en ocultarlo. Ahora, casi arrimando a los 80, Donald Trump reclama un dulce más delicado: Groenlandia. De un caramelo a una isla de más de 2000 millones de kilómetros cuadrados hay una distancia, pero el capricho goloso que nunca se sacia es el mismo. Una madre cuenta con ciertas armas para lidiar con la manipulación de un chico. ¿Qué pasa cuando ese chico llegó a presidente de los Estados Unidos y está dispuesto a extorsionarte con todos los recursos a mano? Si le das Groenlandia, ¿después qué?

A Jair Bolsonaro se le terminó el dulce y no lo toleró. Quiso recuperarlo a la fuerza y ahora se lo juzgará por el asedio de sus fanáticos al Congreso y el Palacio de Planalto perpetrado en enero de 2023, tras ser derrotado en las elecciones. Dos años antes, era Trump el que incitaba a su turba a tomar por asalto el Capitolio, incapaz también de aceptar que había perdido en las urnas y debía dejar el poder. En 2015, Cristina Kirchner se negó a entregar los atributos presidenciales a Mauricio Macri, en una actitud menos violenta, pero igual de elocuente. Estamos ante egos desbordados, fuera de cauce, en conflicto permanente con las reglas de convivencia; en este caso, las de la democracia.

Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de expansión en las redes sociales, donde hay que gritar para ser escuchado

Una analista del diario O Globo le adjudica a Bolsonaro un “megalómano delirio autoritario”. En distinta medida, con matices, es lo que caracteriza a este tipo de líderes personalistas que vienen a salvarnos del mal y que carecen de frenos inhibitorios, como chicos que no saben dónde está el límite de su yo. Hay que ver lo mal que estaban nuestras democracias, debilitadas por la corrupción y un cúmulo de asignaturas pendientes, como para que estos outsiders de rasgos grotescos ganaran las elecciones y hasta fueran reelegidos, como Trump. Hoy ocupan un lugar protagónico en la escena política global, tras un proceso en el que sus exabruptos y avances contra el sistema se han naturalizado. Ya no son una anomalía.

Todos nos hemos vuelto un poco infantiles. Hoy todo se acepta, como si fuera un juego. Y en consecuencia todo vale, si resulta efectivo para obtener lo que quiero. Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de recepción y expansión en las redes sociales, donde hay que gritar o insultar para ser escuchado y donde no hay espacio para la reflexión o el matiz. La lógica de las redes, librada a su dinámica o estratégicamente manipulada, ha desbordado las pantallas y marca el patrón de conducta en el mundo real. Después de que los mismos políticos le entregaran la política a consultores de marketing que contribuyeron lo suyo a vaciarla de sustancia, ahora ha quedado en manos de influencers vestidos de diputados o senadores que hacen en el recinto lo que saben hacer: sacar rédito del escándalo. El Congreso como prolongación de las redes. Lo vimos aquí estas semanas, mientras en el norte los estrategas del Pentágono salpicaban con emojis el chat donde discutían los planes para atacar a los hutíes en Yemen. Todo es un videojuego.

Están también los políticos cínicos que tras una pátina de racionalidad esconden las intenciones más rapaces, cómo no. Tal vez por haber caído bajo sus falsos encantos tantas veces, y ante la tierra yerma que dejaron cuando fueron poder, el votante recurre ahora a estos líderes extremos que prometen patear el tablero y destruir lo que había. Estos outsiders son como Shiva. Encarnan la sed de venganza y reparación de millones de personas que se sienten traicionadas, humilladas, relegadas por democracias que, habiendo olvidado la promesa de igualdad nacida en la Revolución Francesa junto con las de libertad y solidaridad, han visto crecer la brecha entre un porcentaje pequeño de megamillonarios y multitudes que no tienen asegurado el alimento diario.

En el panteón del hinduismo, Shiva representa, sobre todo, al dios de la destrucción. Pero se trata de una destrucción transformadora. Destruye para recrear. No parece que las cualidades destructivas de estos líderes estén también tocadas por esta virtud. No hay duda de que los cambios socioculturales y políticos que trajo la revolución tecnológica nos han disparado hacia algo nuevo y que buena parte de lo viejo quedará atrás. Pero es peligroso menospreciar los valores que durante décadas han permitido, aún en el medio de todas las tensiones imaginables, la convivencia y el diálogo en la diferencia. Las dudas aparecen cuando estos líderes, como nuestro presidente, se declaran abiertamente enemigos del Estado y desprecian las instituciones capaces de generar los consensos que habilitan un futuro en común. Esperemos que no profundicen la brecha que les abrió la puerta al poder. Ya han vaciado, con su beligerante ideología extrema, el centro de la escena política, y sería muy grave que su individualismo radical vacíe también la clase media para dar paso a sociedades cada vez más escindidas.

 Nunca maduramos del todo y una parte nuestra sigue siendo aquel chico que tiraba de las faldas de mamá para conseguir otro caramelo. Algunos lo disimulan mejor, pero también hay quienes no se molestan en ocultarlo. Ahora, casi arrimando a los 80, Donald Trump reclama un dulce más delicado: Groenlandia. De un caramelo a una isla de más de 2000 millones de kilómetros cuadrados hay una distancia, pero el capricho goloso que nunca se sacia es el mismo. Una madre cuenta con ciertas armas para lidiar con la manipulación de un chico. ¿Qué pasa cuando ese chico llegó a presidente de los Estados Unidos y está dispuesto a extorsionarte con todos los recursos a mano? Si le das Groenlandia, ¿después qué?A Jair Bolsonaro se le terminó el dulce y no lo toleró. Quiso recuperarlo a la fuerza y ahora se lo juzgará por el asedio de sus fanáticos al Congreso y el Palacio de Planalto perpetrado en enero de 2023, tras ser derrotado en las elecciones. Dos años antes, era Trump el que incitaba a su turba a tomar por asalto el Capitolio, incapaz también de aceptar que había perdido en las urnas y debía dejar el poder. En 2015, Cristina Kirchner se negó a entregar los atributos presidenciales a Mauricio Macri, en una actitud menos violenta, pero igual de elocuente. Estamos ante egos desbordados, fuera de cauce, en conflicto permanente con las reglas de convivencia; en este caso, las de la democracia.Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de expansión en las redes sociales, donde hay que gritar para ser escuchadoUna analista del diario O Globo le adjudica a Bolsonaro un “megalómano delirio autoritario”. En distinta medida, con matices, es lo que caracteriza a este tipo de líderes personalistas que vienen a salvarnos del mal y que carecen de frenos inhibitorios, como chicos que no saben dónde está el límite de su yo. Hay que ver lo mal que estaban nuestras democracias, debilitadas por la corrupción y un cúmulo de asignaturas pendientes, como para que estos outsiders de rasgos grotescos ganaran las elecciones y hasta fueran reelegidos, como Trump. Hoy ocupan un lugar protagónico en la escena política global, tras un proceso en el que sus exabruptos y avances contra el sistema se han naturalizado. Ya no son una anomalía.Todos nos hemos vuelto un poco infantiles. Hoy todo se acepta, como si fuera un juego. Y en consecuencia todo vale, si resulta efectivo para obtener lo que quiero. Las personalidades inmaduras de estos líderes han encontrado un ámbito ideal de recepción y expansión en las redes sociales, donde hay que gritar o insultar para ser escuchado y donde no hay espacio para la reflexión o el matiz. La lógica de las redes, librada a su dinámica o estratégicamente manipulada, ha desbordado las pantallas y marca el patrón de conducta en el mundo real. Después de que los mismos políticos le entregaran la política a consultores de marketing que contribuyeron lo suyo a vaciarla de sustancia, ahora ha quedado en manos de influencers vestidos de diputados o senadores que hacen en el recinto lo que saben hacer: sacar rédito del escándalo. El Congreso como prolongación de las redes. Lo vimos aquí estas semanas, mientras en el norte los estrategas del Pentágono salpicaban con emojis el chat donde discutían los planes para atacar a los hutíes en Yemen. Todo es un videojuego.Están también los políticos cínicos que tras una pátina de racionalidad esconden las intenciones más rapaces, cómo no. Tal vez por haber caído bajo sus falsos encantos tantas veces, y ante la tierra yerma que dejaron cuando fueron poder, el votante recurre ahora a estos líderes extremos que prometen patear el tablero y destruir lo que había. Estos outsiders son como Shiva. Encarnan la sed de venganza y reparación de millones de personas que se sienten traicionadas, humilladas, relegadas por democracias que, habiendo olvidado la promesa de igualdad nacida en la Revolución Francesa junto con las de libertad y solidaridad, han visto crecer la brecha entre un porcentaje pequeño de megamillonarios y multitudes que no tienen asegurado el alimento diario.En el panteón del hinduismo, Shiva representa, sobre todo, al dios de la destrucción. Pero se trata de una destrucción transformadora. Destruye para recrear. No parece que las cualidades destructivas de estos líderes estén también tocadas por esta virtud. No hay duda de que los cambios socioculturales y políticos que trajo la revolución tecnológica nos han disparado hacia algo nuevo y que buena parte de lo viejo quedará atrás. Pero es peligroso menospreciar los valores que durante décadas han permitido, aún en el medio de todas las tensiones imaginables, la convivencia y el diálogo en la diferencia. Las dudas aparecen cuando estos líderes, como nuestro presidente, se declaran abiertamente enemigos del Estado y desprecian las instituciones capaces de generar los consensos que habilitan un futuro en común. Esperemos que no profundicen la brecha que les abrió la puerta al poder. Ya han vaciado, con su beligerante ideología extrema, el centro de la escena política, y sería muy grave que su individualismo radical vacíe también la clase media para dar paso a sociedades cada vez más escindidas.  LA NACION

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