Herido y sin un ojo, lo rescató en China y su empatía lo llevó a gastar todo lo que tenía para salvarlo: “No podía dejarlo”

Se había convertido en “el argentino de los perros”. Estaba alojado en un departamento para personal del campus que lo había contratado en la ciudad de Putian, en la provincia de Fujian, China. Y, aunque había viajado a ese país para trabajar como profesor de educación física en un colegio secundario, su empatía pronto lo llevó a posar los ojos en un grupo de perros en situación de calle que visitaba a diario el lugar.
“En el campus había varios animales callejeros a los que, con mi esposa, les llevábamos comida cada vez que podíamos. Nadie los cuidaba ni alimentaba. Por eso me apodaron el argentino de los perros: me sentaba a acariciarlos y a jugar con ellos adelante de todos. Los chinos creen que los perros callejeros solo trasmiten enfermedades, así que de alguna manera, estaba rompiendo con una creencia arraigada. Hasta que un día, dentro del grupo, encontramos a un cachorro herido: cojeaba y le faltaba un ojito. Los perros adultos no lo dejaban comer. Entonces le empezamos a dar comida a él por separado”, recuerda Nahuel Vivas.
“Era el motivo para aguantar un poco más”
Semanas después, una tarde lo vieron durmiendo solo en el pasto de uno de los parques del campus. Y, sin meditarlo demasiado, decidieron dejarlo entrar al departamento. La idea era cuidarlo y rehabilitarlo hasta que alguien lo quisiera adoptar.
“Desde ese momento tuvimos un motivo para aguantar un poco más hasta que se destrabara el tema del sueldo. Por un problema burocrático estuve sin cobrar mi salario por cinco meses. Solo vivía de lo que me podían prestar los otros profesores extranjeros en el campus”.
Nahuel y su esposa improvisaron para el cachorro una cucha con una caja de cartón y una toalla. Al día siguiente lo llevaron al veterinario y poco a poco se fueron enamorando del perrito que había confiado ciegamente en su instinto y se había entregado a las manos que prometían ayudarlo.
Piyo, como lo habían bautizado, supo de inmediato que el departamento era un espacio seguro. “Creyendo que era imposible volver con un perro hasta Argentina una vez terminado el contrato laboral, en ese momento todavía pensábamos en dar en adopción a Piyo”. Sin embargo, no consiguieron un hogar de confianza para garantizarle al animal una vida digna.
”Pasado el tiempo, le preguntamos a un profe británico que era voluntario en un refugio, si en ese lugar podría estar bien cuidado. Su respuesta fue un balde de agua fría: si bien en el refugio los cuidaban muy bien, de vez en cuando, gente de bajos recursos entraba a escondidas al lugar y se llevaba a alguno de los animales para comer -o eso suponían-“.
Ese fue el argumento que la joven pareja necesitó para tomar la firme decisión de regresar con Piyo a la Argentina. Evaluaron diferentes opciones: desde volver en un barco carguero que navegaba durante 6 meses hasta intentar llevarlo a Australia donde debían visitar a unos amigos antes de volver.
“Piyo tenía que viajar a Rusia y de allí a Buenos Aires”
Finalmente, después de muchos trámites y superar infinidad de trabas, dieron con una empresa dedicada al trasporte de perros y gatos. “A esta empresa le contamos nuestra historia y situación, ya que como es de público conocimiento, un trasporte de este tipo no está al alcance de un profe de educación física. Por eso Piyo viajó primero a Rusia para juntarse con otro perros y, de esa forma, poder amortizar el traslado. Fue muy difícil destinar esa suma de dinero para que Piyo pudiera vivir en Argentina con nosotros. Era todo lo que podíamos pagar. Pero, sin duda, valió la pena”.
Sin embargo, los problemas acababan de comenzar para la pequeña familia multiespecie. Como vivían en la ciudad de Putian, debían realizar todos los trámites en la localidad internacional más cercana, es decir, Xiamen.
“Para esto debíamos viajar con Piyo tres horas en micro ya que no se permiten animales en el tren bala (que tardaba solamente una hora en cubrir la misma distancia). Los chinos no comprenden nuestro amor por los animales y debido a esto cada vez que subíamos al micro teníamos que pelear con los empleados de la empresa que no hablaban inglés para poder subirlo con nosotros y que no viajara en el deposito de equipaje”.
Una vez llegados a esa Xiamen, se pusieron en contacto con un gestor que se encargó del microchip obligatorio y los trámites para el permiso de salida. Contrarreloj, luego de un viaje difícil de 13 horas y un sinfín de inconvenientes de logística, llegaron a destino.
“Una chica rusa nos esperaba para viajar con nuestro hijo peludo a Moscú. Pero, como todo nos cuesta siempre el doble, hubo otro malentendido y Piyo tuvo que viajar en una transportadora plástica en lugar de una más amplia. El peso permitido para llevarlo en cabina era hasta 8 kilos. Lo pesamos: 8,800 kg. Le saqué un peluchito, la medallita de San Benito, la remera con la que dormí la noche anterior para que viajara con mi olor, la chapita de su collar y 8,200 kg. Sí, por 200 gramos tuvo que ir a bodega en la jaula más chica de la historia de un viaje aéreo“.
Después de trece horas eternas, Nahuel y su esposa finalmente recibieron el mensaje que anunciaba que Piyo había llegado sano y salvo a Moscú. Pasó la noche en la casa de la chica que lo había recibido y, al otro día, salió destino a Buenos Aires. En Ezeiza lo esperaba el papá de Nahuel.
El reencuentro tan ansiado fue en el mismo aeropuerto que lo vio pisar suelo argentino. “Mis viejos lo llevaron al aeropuerto y la emoción no pudo ser más grande”. Hoy viven en Villa Pueyrredón, en CABA, donde tienen un gimnasio. Piyo acompaña al matrimonio todos los días a trabajar y es un perrito muy mimado. Tanto, que tiene un mural en su honor. “Sin dudas, gracias a Piyo, vivimos la aventura de nuestras vidas”.
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Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com
Se había convertido en “el argentino de los perros”. Estaba alojado en un departamento para personal del campus que lo había contratado en la ciudad de Putian, en la provincia de Fujian, China. Y, aunque había viajado a ese país para trabajar como profesor de educación física en un colegio secundario, su empatía pronto lo llevó a posar los ojos en un grupo de perros en situación de calle que visitaba a diario el lugar.
“En el campus había varios animales callejeros a los que, con mi esposa, les llevábamos comida cada vez que podíamos. Nadie los cuidaba ni alimentaba. Por eso me apodaron el argentino de los perros: me sentaba a acariciarlos y a jugar con ellos adelante de todos. Los chinos creen que los perros callejeros solo trasmiten enfermedades, así que de alguna manera, estaba rompiendo con una creencia arraigada. Hasta que un día, dentro del grupo, encontramos a un cachorro herido: cojeaba y le faltaba un ojito. Los perros adultos no lo dejaban comer. Entonces le empezamos a dar comida a él por separado”, recuerda Nahuel Vivas.
“Era el motivo para aguantar un poco más”
Semanas después, una tarde lo vieron durmiendo solo en el pasto de uno de los parques del campus. Y, sin meditarlo demasiado, decidieron dejarlo entrar al departamento. La idea era cuidarlo y rehabilitarlo hasta que alguien lo quisiera adoptar.
“Desde ese momento tuvimos un motivo para aguantar un poco más hasta que se destrabara el tema del sueldo. Por un problema burocrático estuve sin cobrar mi salario por cinco meses. Solo vivía de lo que me podían prestar los otros profesores extranjeros en el campus”.
Nahuel y su esposa improvisaron para el cachorro una cucha con una caja de cartón y una toalla. Al día siguiente lo llevaron al veterinario y poco a poco se fueron enamorando del perrito que había confiado ciegamente en su instinto y se había entregado a las manos que prometían ayudarlo.
Piyo, como lo habían bautizado, supo de inmediato que el departamento era un espacio seguro. “Creyendo que era imposible volver con un perro hasta Argentina una vez terminado el contrato laboral, en ese momento todavía pensábamos en dar en adopción a Piyo”. Sin embargo, no consiguieron un hogar de confianza para garantizarle al animal una vida digna.
”Pasado el tiempo, le preguntamos a un profe británico que era voluntario en un refugio, si en ese lugar podría estar bien cuidado. Su respuesta fue un balde de agua fría: si bien en el refugio los cuidaban muy bien, de vez en cuando, gente de bajos recursos entraba a escondidas al lugar y se llevaba a alguno de los animales para comer -o eso suponían-“.
Ese fue el argumento que la joven pareja necesitó para tomar la firme decisión de regresar con Piyo a la Argentina. Evaluaron diferentes opciones: desde volver en un barco carguero que navegaba durante 6 meses hasta intentar llevarlo a Australia donde debían visitar a unos amigos antes de volver.
“Piyo tenía que viajar a Rusia y de allí a Buenos Aires”
Finalmente, después de muchos trámites y superar infinidad de trabas, dieron con una empresa dedicada al trasporte de perros y gatos. “A esta empresa le contamos nuestra historia y situación, ya que como es de público conocimiento, un trasporte de este tipo no está al alcance de un profe de educación física. Por eso Piyo viajó primero a Rusia para juntarse con otro perros y, de esa forma, poder amortizar el traslado. Fue muy difícil destinar esa suma de dinero para que Piyo pudiera vivir en Argentina con nosotros. Era todo lo que podíamos pagar. Pero, sin duda, valió la pena”.
Sin embargo, los problemas acababan de comenzar para la pequeña familia multiespecie. Como vivían en la ciudad de Putian, debían realizar todos los trámites en la localidad internacional más cercana, es decir, Xiamen.
“Para esto debíamos viajar con Piyo tres horas en micro ya que no se permiten animales en el tren bala (que tardaba solamente una hora en cubrir la misma distancia). Los chinos no comprenden nuestro amor por los animales y debido a esto cada vez que subíamos al micro teníamos que pelear con los empleados de la empresa que no hablaban inglés para poder subirlo con nosotros y que no viajara en el deposito de equipaje”.
Una vez llegados a esa Xiamen, se pusieron en contacto con un gestor que se encargó del microchip obligatorio y los trámites para el permiso de salida. Contrarreloj, luego de un viaje difícil de 13 horas y un sinfín de inconvenientes de logística, llegaron a destino.
“Una chica rusa nos esperaba para viajar con nuestro hijo peludo a Moscú. Pero, como todo nos cuesta siempre el doble, hubo otro malentendido y Piyo tuvo que viajar en una transportadora plástica en lugar de una más amplia. El peso permitido para llevarlo en cabina era hasta 8 kilos. Lo pesamos: 8,800 kg. Le saqué un peluchito, la medallita de San Benito, la remera con la que dormí la noche anterior para que viajara con mi olor, la chapita de su collar y 8,200 kg. Sí, por 200 gramos tuvo que ir a bodega en la jaula más chica de la historia de un viaje aéreo“.
Después de trece horas eternas, Nahuel y su esposa finalmente recibieron el mensaje que anunciaba que Piyo había llegado sano y salvo a Moscú. Pasó la noche en la casa de la chica que lo había recibido y, al otro día, salió destino a Buenos Aires. En Ezeiza lo esperaba el papá de Nahuel.
El reencuentro tan ansiado fue en el mismo aeropuerto que lo vio pisar suelo argentino. “Mis viejos lo llevaron al aeropuerto y la emoción no pudo ser más grande”. Hoy viven en Villa Pueyrredón, en CABA, donde tienen un gimnasio. Piyo acompaña al matrimonio todos los días a trabajar y es un perrito muy mimado. Tanto, que tiene un mural en su honor. “Sin dudas, gracias a Piyo, vivimos la aventura de nuestras vidas”.
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Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com
Se había convertido en “el argentino de los perros”. Estaba alojado en un departamento para personal del campus que lo había contratado en la ciudad de Putian, en la provincia de Fujian, China. Y, aunque había viajado a ese país para trabajar como profesor de educación física en un colegio secundario, su empatía pronto lo llevó a posar los ojos en un grupo de perros en situación de calle que visitaba a diario el lugar.“En el campus había varios animales callejeros a los que, con mi esposa, les llevábamos comida cada vez que podíamos. Nadie los cuidaba ni alimentaba. Por eso me apodaron el argentino de los perros: me sentaba a acariciarlos y a jugar con ellos adelante de todos. Los chinos creen que los perros callejeros solo trasmiten enfermedades, así que de alguna manera, estaba rompiendo con una creencia arraigada. Hasta que un día, dentro del grupo, encontramos a un cachorro herido: cojeaba y le faltaba un ojito. Los perros adultos no lo dejaban comer. Entonces le empezamos a dar comida a él por separado”, recuerda Nahuel Vivas.La rescató de un criadero ilegal y en un inesperado giro, la Justicia la obligó a devolverla a su dueña: “Se me borró la sonrisa”“Era el motivo para aguantar un poco más”Semanas después, una tarde lo vieron durmiendo solo en el pasto de uno de los parques del campus. Y, sin meditarlo demasiado, decidieron dejarlo entrar al departamento. La idea era cuidarlo y rehabilitarlo hasta que alguien lo quisiera adoptar.“Desde ese momento tuvimos un motivo para aguantar un poco más hasta que se destrabara el tema del sueldo. Por un problema burocrático estuve sin cobrar mi salario por cinco meses. Solo vivía de lo que me podían prestar los otros profesores extranjeros en el campus”.Nahuel y su esposa improvisaron para el cachorro una cucha con una caja de cartón y una toalla. Al día siguiente lo llevaron al veterinario y poco a poco se fueron enamorando del perrito que había confiado ciegamente en su instinto y se había entregado a las manos que prometían ayudarlo.Piyo, como lo habían bautizado, supo de inmediato que el departamento era un espacio seguro. “Creyendo que era imposible volver con un perro hasta Argentina una vez terminado el contrato laboral, en ese momento todavía pensábamos en dar en adopción a Piyo”. Sin embargo, no consiguieron un hogar de confianza para garantizarle al animal una vida digna.”Pasado el tiempo, le preguntamos a un profe británico que era voluntario en un refugio, si en ese lugar podría estar bien cuidado. Su respuesta fue un balde de agua fría: si bien en el refugio los cuidaban muy bien, de vez en cuando, gente de bajos recursos entraba a escondidas al lugar y se llevaba a alguno de los animales para comer -o eso suponían-“.Ese fue el argumento que la joven pareja necesitó para tomar la firme decisión de regresar con Piyo a la Argentina. Evaluaron diferentes opciones: desde volver en un barco carguero que navegaba durante 6 meses hasta intentar llevarlo a Australia donde debían visitar a unos amigos antes de volver.“Piyo tenía que viajar a Rusia y de allí a Buenos Aires”Finalmente, después de muchos trámites y superar infinidad de trabas, dieron con una empresa dedicada al trasporte de perros y gatos. “A esta empresa le contamos nuestra historia y situación, ya que como es de público conocimiento, un trasporte de este tipo no está al alcance de un profe de educación física. Por eso Piyo viajó primero a Rusia para juntarse con otro perros y, de esa forma, poder amortizar el traslado. Fue muy difícil destinar esa suma de dinero para que Piyo pudiera vivir en Argentina con nosotros. Era todo lo que podíamos pagar. Pero, sin duda, valió la pena”.Sin embargo, los problemas acababan de comenzar para la pequeña familia multiespecie. Como vivían en la ciudad de Putian, debían realizar todos los trámites en la localidad internacional más cercana, es decir, Xiamen.“Para esto debíamos viajar con Piyo tres horas en micro ya que no se permiten animales en el tren bala (que tardaba solamente una hora en cubrir la misma distancia). Los chinos no comprenden nuestro amor por los animales y debido a esto cada vez que subíamos al micro teníamos que pelear con los empleados de la empresa que no hablaban inglés para poder subirlo con nosotros y que no viajara en el deposito de equipaje”.Una vez llegados a esa Xiamen, se pusieron en contacto con un gestor que se encargó del microchip obligatorio y los trámites para el permiso de salida. Contrarreloj, luego de un viaje difícil de 13 horas y un sinfín de inconvenientes de logística, llegaron a destino.“Una chica rusa nos esperaba para viajar con nuestro hijo peludo a Moscú. Pero, como todo nos cuesta siempre el doble, hubo otro malentendido y Piyo tuvo que viajar en una transportadora plástica en lugar de una más amplia. El peso permitido para llevarlo en cabina era hasta 8 kilos. Lo pesamos: 8,800 kg. Le saqué un peluchito, la medallita de San Benito, la remera con la que dormí la noche anterior para que viajara con mi olor, la chapita de su collar y 8,200 kg. Sí, por 200 gramos tuvo que ir a bodega en la jaula más chica de la historia de un viaje aéreo“.Después de trece horas eternas, Nahuel y su esposa finalmente recibieron el mensaje que anunciaba que Piyo había llegado sano y salvo a Moscú. Pasó la noche en la casa de la chica que lo había recibido y, al otro día, salió destino a Buenos Aires. En Ezeiza lo esperaba el papá de Nahuel.El reencuentro tan ansiado fue en el mismo aeropuerto que lo vio pisar suelo argentino. “Mis viejos lo llevaron al aeropuerto y la emoción no pudo ser más grande”. Hoy viven en Villa Pueyrredón, en CABA, donde tienen un gimnasio. Piyo acompaña al matrimonio todos los días a trabajar y es un perrito muy mimado. Tanto, que tiene un mural en su honor. “Sin dudas, gracias a Piyo, vivimos la aventura de nuestras vidas”.Compartí una historiaSi tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com LA NACION