Cuando bailar a Brasil parece fácil: la selección de todos los tiempos se ríe de los límites

Ganarle a Brasil está bien, pero enseñarle cómo se juega al fútbol de verdad, con pases de baile de altísimo vuelo técnico, estético y emocional, entra en otra dimensión. La de la felicidad colectiva, un perfume que tiene su punto de encuentro en un estadio en éxtasis y rebota no solo en este bendito país: va más allá, se extiende como una lección de amor después del amor. Porque estos muchachos que en esta noche inolvidable de marzo de 2025 dibujan esta expresión artística en un Argentina-Brasil por los puntos son los mismos que en diciembre de 2022 se subieron al cielo de este deporte, cuando pareció que no habría más. Y resulta que allí no se había terminado el goce, la vida sigue. Y entonces, mejor que hacer como si nada, ir adelante. La selección argentina encontró, al calor de un público entregado como nunca a su causa, una manera colosal de congratularse por haber sellado el ticket al Mundial 2026, donde defenderá su status de campeón del mundo: aquí y ahora, le volvió a demostrar a su capitán en pausa que él también puede estar feliz. Su legado está asegurado. Sí, fue la noche en que nadie se acordó de Messi. Milagros que este equipo de todos los tiempos es capaz de regalar.
Cuenta la leyenda que hace 20 años, cuando la Argentina le estaba dando un repaso de fútbol y goles a Brasil en el estadio Monumental, hubo un mitín en una pausa del partido, una conversación al paso iniciada por las estrellas visitantes. Y que de esa veloz conversación salió la decisión de Riquelme, Crespo, Heinze, Saviola y compañía de “bajar un cambio”. Que el 3-0 del primer tiempo a sus amigos Roberto Carlos, Kaká, Ronaldinho y Cafú –la lista sigue- era suficiente humillación para parar la máquina. Los protagonistas nunca confirmaron ni desmintieron del todo aquella historia, que vuelve cada vez que los dos gigantes del fútbol mundial vuelven a enfrentarse. Pero suena linda, parece extraída de un partido de solteros contra casados. Ahora mismo, el recuerdo resalta por oposición: no hay manera de que esta selección, la mejor que ha parido esta tierra, firme un armisticio. Tal vez por eso de que la mejor manera de respetar a un rival es hacerle todos los goles posibles, estos muchachos que llevan sobre sus cabezas la corona de Qatar se entregaron a la consecución de una goleada como si no hubiera un pasado ni un futuro. Como si no hubiera mañana.
Hay mil fogonazos que iluminan lo que esta selección genera. Desde el clima de partido grande que se olía desde temprano en el Monumental, inflado en el pecho con las estrofas finales del himno nacional y enardecido en cada grito de las tribunas, una imagen más del fútbol de cada domingo que de las postales familiares que suelen entregar los partidos de Argentina, en los que los precios de las entradas alejan al hincha sufrido y se transforman en un privilegio aspiracional.
El toqueteo del comienzo del juego fue una pista de todo lo que vendría después. Argentina paseó la pelota durante más de dos minutos sin que Vinicius y sus atribulados compañeros pudieran tocarla, hasta que pasados los tres, ese prodigio inclasificable bautizado Julián Álvarez remató con la voracidad que no lo abandona nunca y estampó el 1-0. Tenía hambre la selección: no solo de ganar, sino de aprovechar la posibilidad histórica de darle una paliza al rival de siempre, al más calificado, aunque en estos tiempos los papeles se hayan invertido. Llegó el segundo gol, de Enzo Fernández, vino algún lujo de Cuti Romero –que luego propició el descuento tras un resbalón- y después el grito de Mac Allister. El estadio exhalaba ese perfume de noche de libro de cuentos. De historias que se contarán en los bares, en las escuelas, en cualquier lado: “Yo estuve”, dirán orgullosos los más de 85 mil testigos.
Se repite: Julián, Enzo, Alexis. Goleadores que fueron las sorpresas del equipo que gestó el título de Qatar y que ahora decididamente son el corazón, el talento y la jerarquía de este candidato a defender la corona el año que viene. Si entonces fueron una revelación, ahora Scaloni lo ha sabido consolidar como el eje de este equipo impar, que muestra a Otamendi como un líder inoxidable pese al DNI, a Dibu Martínez como el guardián y a los pichones que nacen como un complemento estimulante. Lo puede afirmar Giuliano Simeone, un velocista entusiasta capaz de darle una lógica más adecuada al resultado con un misil que patentó el 4-1. Un resultado corto, amarrete. Porque la diferencia conceptual, estratégica y espiritual que separa a uno y otro es abismal. Si suele decirse que Brasil es un continente, entonces Argentina es hoy el mundo entero.
Esta selección logra derramar la felicidad. Genera un sentimiento de unión entre los diferentes, los que mañana volverán a andar por veredas distintas, cuando el sol vuelva a asomar. Porque es el equipo de la unanimidad. Que estira largos minutos el final de partido, con un festejo que va bastante más allá de esta goleada y de la clasificación. Es la consagración de una manera de practicar este deporte en la que el compañero es más importante que uno mismo. Creado por un conductor sereno, que transmite su calma con un libreto que hurga en el fondo de la historia. Todo nacen de una idea elemental y a la vez profunda: que los de blanco y celeste le pasen la pelota a los de blanco y celeste. Ahí empieza todo: después viene la consumación de un estilo de época. ¿Cómo termina la película? Esa es la mejor parte: nadie tiene la más remota idea ni cómo ni cuándo este guion escribirá su punto final.
Para volver a ver: lo mejor del partido
Ganarle a Brasil está bien, pero enseñarle cómo se juega al fútbol de verdad, con pases de baile de altísimo vuelo técnico, estético y emocional, entra en otra dimensión. La de la felicidad colectiva, un perfume que tiene su punto de encuentro en un estadio en éxtasis y rebota no solo en este bendito país: va más allá, se extiende como una lección de amor después del amor. Porque estos muchachos que en esta noche inolvidable de marzo de 2025 dibujan esta expresión artística en un Argentina-Brasil por los puntos son los mismos que en diciembre de 2022 se subieron al cielo de este deporte, cuando pareció que no habría más. Y resulta que allí no se había terminado el goce, la vida sigue. Y entonces, mejor que hacer como si nada, ir adelante. La selección argentina encontró, al calor de un público entregado como nunca a su causa, una manera colosal de congratularse por haber sellado el ticket al Mundial 2026, donde defenderá su status de campeón del mundo: aquí y ahora, le volvió a demostrar a su capitán en pausa que él también puede estar feliz. Su legado está asegurado. Sí, fue la noche en que nadie se acordó de Messi. Milagros que este equipo de todos los tiempos es capaz de regalar.
Cuenta la leyenda que hace 20 años, cuando la Argentina le estaba dando un repaso de fútbol y goles a Brasil en el estadio Monumental, hubo un mitín en una pausa del partido, una conversación al paso iniciada por las estrellas visitantes. Y que de esa veloz conversación salió la decisión de Riquelme, Crespo, Heinze, Saviola y compañía de “bajar un cambio”. Que el 3-0 del primer tiempo a sus amigos Roberto Carlos, Kaká, Ronaldinho y Cafú –la lista sigue- era suficiente humillación para parar la máquina. Los protagonistas nunca confirmaron ni desmintieron del todo aquella historia, que vuelve cada vez que los dos gigantes del fútbol mundial vuelven a enfrentarse. Pero suena linda, parece extraída de un partido de solteros contra casados. Ahora mismo, el recuerdo resalta por oposición: no hay manera de que esta selección, la mejor que ha parido esta tierra, firme un armisticio. Tal vez por eso de que la mejor manera de respetar a un rival es hacerle todos los goles posibles, estos muchachos que llevan sobre sus cabezas la corona de Qatar se entregaron a la consecución de una goleada como si no hubiera un pasado ni un futuro. Como si no hubiera mañana.
Hay mil fogonazos que iluminan lo que esta selección genera. Desde el clima de partido grande que se olía desde temprano en el Monumental, inflado en el pecho con las estrofas finales del himno nacional y enardecido en cada grito de las tribunas, una imagen más del fútbol de cada domingo que de las postales familiares que suelen entregar los partidos de Argentina, en los que los precios de las entradas alejan al hincha sufrido y se transforman en un privilegio aspiracional.
El toqueteo del comienzo del juego fue una pista de todo lo que vendría después. Argentina paseó la pelota durante más de dos minutos sin que Vinicius y sus atribulados compañeros pudieran tocarla, hasta que pasados los tres, ese prodigio inclasificable bautizado Julián Álvarez remató con la voracidad que no lo abandona nunca y estampó el 1-0. Tenía hambre la selección: no solo de ganar, sino de aprovechar la posibilidad histórica de darle una paliza al rival de siempre, al más calificado, aunque en estos tiempos los papeles se hayan invertido. Llegó el segundo gol, de Enzo Fernández, vino algún lujo de Cuti Romero –que luego propició el descuento tras un resbalón- y después el grito de Mac Allister. El estadio exhalaba ese perfume de noche de libro de cuentos. De historias que se contarán en los bares, en las escuelas, en cualquier lado: “Yo estuve”, dirán orgullosos los más de 85 mil testigos.
Se repite: Julián, Enzo, Alexis. Goleadores que fueron las sorpresas del equipo que gestó el título de Qatar y que ahora decididamente son el corazón, el talento y la jerarquía de este candidato a defender la corona el año que viene. Si entonces fueron una revelación, ahora Scaloni lo ha sabido consolidar como el eje de este equipo impar, que muestra a Otamendi como un líder inoxidable pese al DNI, a Dibu Martínez como el guardián y a los pichones que nacen como un complemento estimulante. Lo puede afirmar Giuliano Simeone, un velocista entusiasta capaz de darle una lógica más adecuada al resultado con un misil que patentó el 4-1. Un resultado corto, amarrete. Porque la diferencia conceptual, estratégica y espiritual que separa a uno y otro es abismal. Si suele decirse que Brasil es un continente, entonces Argentina es hoy el mundo entero.
Esta selección logra derramar la felicidad. Genera un sentimiento de unión entre los diferentes, los que mañana volverán a andar por veredas distintas, cuando el sol vuelva a asomar. Porque es el equipo de la unanimidad. Que estira largos minutos el final de partido, con un festejo que va bastante más allá de esta goleada y de la clasificación. Es la consagración de una manera de practicar este deporte en la que el compañero es más importante que uno mismo. Creado por un conductor sereno, que transmite su calma con un libreto que hurga en el fondo de la historia. Todo nacen de una idea elemental y a la vez profunda: que los de blanco y celeste le pasen la pelota a los de blanco y celeste. Ahí empieza todo: después viene la consumación de un estilo de época. ¿Cómo termina la película? Esa es la mejor parte: nadie tiene la más remota idea ni cómo ni cuándo este guion escribirá su punto final.
Para volver a ver: lo mejor del partido
Con el mejor rendimiento luego de la consagración en Qatar, Argentina goleó por 4-1 a su rival histórico en el Monumental la noche en que selló la clasificación al Mundial 2026 LA NACION